El envero es una de las etapas más bonitas en el viñedo. Las uvas empiezan el cambio de color. Hasta ahora todos los racimos presentaban una alta concentración de clorofila en la piel, lo que hace que la fruta realice fotosíntesis, crezca y presente un color verde igual al de las hojas.
Terminado el crecimiento, los racimos empiezan a madurar, la clorofila desaparece y la identidad de cada variedad empieza a mostrarse.
El sol y el Sauló siguen contribuyendo a acumular sabores en la pulpa, color y taninos en la piel.
Las variedades blancas se tornan translucidas y doradas. Nuestra Pansa Blanca incluso se sonroja y asoma un guiño de color rosado en algunos racimos.
Las variedades tintas empiezan a producir pigmentos naturales que se acumulan en la piel, las antocianinas. Responsables del espectáculo de color que van desde el rojo brillante, carmín, violeta azulado o púrpura intenso hasta la profundidad del azul oscuro. Fiesta cromática que se puede observar en un mismo racimo con cada baya expresando su recorrido. La formación de su flor, su polinización y la insolación o sombra que ha tenido cada día en la viña. Este mosaico dura solo un par de semanas en Bouquet d’Alella. El envero no miente, son los colores del camino recorrido.
La maduración sigue. La luz solar y la temperatura continúan activando la genética única de cada variedad. El viñedo se llena de personalidad y los racimos tendrán su color característico y sus aromas distintivos.
¡Lo siguiente es prepararnos para la vendimia!